Carta de Roy Galán al Ilustrado Sr. Janusz Korwin-Mikke

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Ilustrado Sr. Janusz Korwin-Mikke,

Me ha maravillado su argumentación respecto a la brecha salarial entre hombres y mujeres. Nunca oí una explicación tan diáfana y clarividente. Es usted como un profeta o un cubículo o un mosquito atrapado en el ámbar de la sabiduría.

Me fascina cómo ha tenido la rapidez mental de recurrir a un acontecimiento tan contemporáneo y de actualidad como son las Olimpiadas griegas. Algo que está en nuestro día a día, en nuestros quehaceres y preocupaciones más inmediatas. Bravo.

Dice usted que la primera mujer en la competición ocupó el puesto 800 y ya sabemos que la validez de los seres humanos se mide con respecto al resultado de unos juegos y esto solo pone de manifiesto lo que usted tan bien ha afirmado: que las mujeres son más pequeñas y débiles.

Luego está lo del ajedrez. Otro juego de mesa imprescindible para realizar la criba de la rapidez de la población de mente fértil. Claro, ninguna mujer dentro de los primeros cien puestos. Por eso las mujeres son menos inteligentes.

Y es por todo ello que concluye usted que por supuesto que las mujeres deben cobrar menos que los hombres.

Su argumentario es tan coherente y férreo que temo que no admite opinión en contra.

Me ha faltado, tal vez, que hablara del número de mujeres que suelen perder al parchís frente al número de hombres que normalmente ganan o del número de veces que caen las mujeres en la Plaza de Lavapiés frente al número de veces que caen los hombres en el Paseo del Prado en el Monopoly.

Sin esa gráfica como que se me queda incompleta su teoría de la evolución.

No obstante espero que la misma se aplique de manera sistemática y retroactiva a todos los hombres y mujeres.

De este modo, Sr. Korwin-Mikke, si usted tiene un pene pequeño y débil y no demuestra la inteligencia suficiente para procurar orgasmos de otra manera, cobrará usted menos que aquellos hombres con penes inmensos y fuertes y que inteligentemente hagan que nos corramos vivas.

Gracias por ser tan visionario y útil para esta sociedad.

Por hacer ejercicio de su derecho a la libertad de expresión.

Y expresar algo tan positivo y humano.

Crack.

Texto tomado de la página de Roy Galán 

A veces necesitas… Texto de Roy Galán

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A veces necesitas que te toquen para sentir que no has desaparecido.

Que sigues aquí.

Que alguien trace tu cuerpo decreciente con las yemas de los dedos.

Que reafirme tu existencia con su presión.

A veces estaría bien que alguien barriera todo lo que no has sido.

Todo aquello que se quedó en un simple intento.

Que se encuentra esparcido detrás de tus muelas.

O en algún anillo de Saturno.

A veces es necesario que alguien te abrace hasta que el terremoto de lo miserable se detenga.

Y que en las réplicas te abrace.

Porque todos los abrazos son fotos.

Del así eras.

A veces rezo en braille.

Y signo mi espacio.

Bailando.

Para que puedas encontrarme.

Cuando tú seas un búho.

Y yo el palo de una fregona.

A veces necesitas que te inventen un pasado.

Que te cambien las palabras que sueles usar para explicar lo que te pasó.

Irse. Gritar. Nunca. Dolor.

Por otras.

Sol. Chocolate. Orgasmo. Chenoa.

A veces, cuando hablo contigo.

Lo siento todo a la vez.

Como si las orillas de Cádiz fueran lianas selváticas.

Y tu espalda una civilización tres veces extinguida.

A veces, cuando me siento muy comprendido.

Todo se superpone.

Y soy como un brillito que cabe en la palma de tu mano.

Mientras escucho ruidos de vida.

Entonces.

Me digo.

Que ha sido alucinante.

Que ha sido suficiente.

Y bastante.

Que hubo mucha mierda y mucho amor.

Y que ya desvanecerse.

No será perder

Texto tomado de la página de Roy Galán 

No necesitan ser protegidos – Texto de Roy Galán

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Las mujeres,

los negros,

los homosexuales,

las gordas,

los transexuales,

los drogadictos, 


los gitanos, 


las musulmanas, 


los bipolares, 


las putas, 


los animales, 


los pobres 




el medio ambiente.


No necesitan ser protegidos.

Necesitan que el resto deje de declararles la guerra.

Que les dejen en paz.

Eso es lo que necesitan.

Hasta ese momento aquí estamos, algunos y algunas, recordando todas y cada una de las veces en que la dignidad fue menoscabada.

Para no volver a repetirlo.

Para hacerlo mejor.

Para que algo cicatrice.

Hasta ese momento aquí estamos, algunas y algunos, manteniendo el cuidado.

Conservando este consuelo, el afecto y la ternura.

Para otros y otras que lo tuvieron mucho más difícil.

Porque la vida debería ser el mismo puto milagro para todos y cada uno de los habitantes de este planeta.

Porque no podemos joderles esta oportunidad de amar, de ser y de estar al resto.

Porque no somos nadie para hacerlo.

No se trata de ser bueno o malo.

Esto no tiene nada que ver con la moral.

Tiene que ver con que si somos capaces de procurar una existencia peor al resto.

Somos unos miserables.

Y no merecemos este regalo.

Ni esta respiración.

Texto tomado de la página de Roy Galán 

Gráfica Pepe Varela –  @Varela

La cultura del odio. Texto de Roy Galán

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El mar de Reinaldo. Texto de Roy Galán

 

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El mar de Reinaldo.

Para llegar a una isla es necesario hacer un viaje.

A no ser que hayas nacido en una.

Entonces, el viaje, ha de hacerse si quieres salir de ella.

Reinaldo Arenas sabía de las fronteras de las orillas.

Pero solo hace falta leerlo un poco para saber que también creía que el horizonte iba por dentro.

Reinaldo era un niño que esperaba que la vida, y las gentes que la pueblan, le tratasen bien.

Con esa esperanza tan linda que tienen los poetas y los magos.

De que el mundo tiene que ser de otra manera.

Porque es imposible que todo duela tanto.

Que no haya comprensión.

Reinaldo padeció de esas sensibilidades frágiles como venas de niños recién nacidos que se rompen con facilidad.

Y cuando se te rompen todas las venas, te vuelves hematoma.

Y te miras al espejo y solo ves una gran mancha púrpura.

Cuando no es la herida en el cuerpo, sino el cuerpo toda la herida.

A Reinaldo el confín de su patria le hizo añicos.

Buscó tal vez el afecto en la compulsión sexual.

Imagino su cuerpo pegado al de su madre una noche húmeda.

Le imagino intentando recuperar toda esa ternura en el malecón.

Siendo escupido, robado, apaleado una y otra vez.

Siendo vaciado y llenado como émbolo de carne con fluidos.

Reinaldo buscó el abrazo en las palabras.

Y ni siquiera eso le dejaron.

Porque las gentes que pueblan la vida suelen golpear lo ingenuo para transformarlo en rabia.

Para que un árbol crezca torcido en la Revolución solo hace falta pegarle una patada cuando está creciendo.

Degenerados.

Basura.

Había otras cuestiones más importantes que tratar que la de los maricones.

A ellos les tocaría ser apartados de las raíces.

Encerrados detrás de las vallas con el tronco pintado al fondo.

O lejos con el recuerdo perenne de las hojas.

Reinaldo huyó de la isla como huye un hijo de su padre maltratador.

Exiliado y enfermo.

Reinaldo, transido por la muerte.

Cavando sus frases.

Una a una.

Y sin poder echar tierra por encima.

¿Cómo vivir cuando la prisión es no poder regresar a la celda?

A ese pedazo separado del continente que tanto quiso y que tan espantosamente le trató.

Y es que es terrible amar aquello que te odia.

Es una condena no entender.

No saber.

La duda del desamor.

Reinaldo supo que lo mejor es aquello que dejamos.

Precisamente porque nos marchamos.

Reinaldo soñó con sus cenizas y por eso le prendió fuego a su futuro ingiriendo química.

Y deseó que el polvo de su polvo fuera arrojado al mar.

Para que algún adolescente pudiera zambullirse en él.

Ay, Reinaldo.

Somos tantos y tantas los que nos hemos bañado en ti.

Todo este tiempo desde que ya no estás.

Que rompe una ola.

Ay, Reinaldo.

Si supieras lo que te queremos.

Toda esa marea que nos dejaste.

Llamada libertad.

Leonard, el oscuro resplandor. Texto de Roy Galán

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Leonard, el oscuro resplandor.

Somos cientos de miles de millones de pequeños filamentos brillando en la opacidad del interior.

Atrapados en las cárceles de nuestros cuerpos.

Atrapados en nuestras miserables palabras.

Atrapados en un pensamiento que no logramos entender.

Leonard cantaba.

Y nuestros cuerpos se abrían como barrotes tras una larga condena.

Y las palabras se recortaban a contraluz.

Y el pensamiento era.

Eso era.

Joder.

Eso era lo que sentía y no lo sabía.

Leonard, con sus ojos enterrados en el amor, sabía de todos nosotros.

Con su voz de padre que regresaba de estar embarcado.

Para contarnos sobre el mundo.

Un mundo que nos soñaba a nosotros.

Que nos estaba aguardando.

Tantas veces quisimos quedarnos calladas.

Y que hablaras tú por nosotros.

Que le explicaras a ese chico que tanto nos gustaba sobre nuestra nebulosidad.

Que nos lanzaras a los brazos de nuestra madre, otra vez.

Ay.

Nunca llegarás a morir, Leonard.

Porque te queremos, te queremos, te queremos,

Y lo que uno quiere nunca se va.

Porque desapareciste por nosotros.

Y pudimos ver a través tuyo.

Todo lo que nos habíamos ocultado a nosotros mismos.

Hoy hay un sombrero sin cabeza.

Una tormenta sin rayo.

Un vals sin lirios.

Hoy hay cientos de miles de pequeños filamentos por dentro.

Esperando a ser acariciados.

Hoy hay una enredadera en algún muro.

Que crece un poco mejor.

Un poco más.

Porque detrás de ese muro hay un habitante de este planeta que reproduce una canción.

Que reproduce un sonido capturado en un espacio y un tiempo.

Un sonido que escucharon los que ya no están.

Un sonido que escucharán los que todavía no están.

Y que nos volverá a juntar.

Como antes del estallido, Leonard.

No creo en el más allá.

Pero si pudiera te haría uno.

En el que, una vez desintegrado, recibieras toda la gratitud que nos dejas.

Y en el que Marianne agarrase de nuevo tu mano.

Texto tomado de la página de Roy Galán

 

Privilegio, nombre masculino. Texto de Roy Galán

Privilegio, nombre masculino.
Soy hombre y soy un privilegiado.
Lo soy porque existe un acuerdo tácito entre machos.
Que se han concedido a sí mismos un privilegio gracioso y odioso que afecta a las mujeres.
Por eso estoy exento.
Estoy exento de que se me pregunte en público sobre mi indumentaria.
Sobre mi edad.
Sobre mi físico.
Sobre si voy a ser padre o no.
Estoy exento de sentir miedo al volver a casa solo de madrugada.
Puedo regresar cazando Pokémons sin miedo a que me metan en un portal.
Y me violen.
Estoy exento de que me digan puta por ser libre.
Por follar lo que quiero cuando quiero con quien quiero.
De hecho, los machos me aplauden más fuerte si lo hago mucho.
Estoy exento de poner una lavadora.
La ropa sucia la dejo en el suelo y aparece limpia y doblada en mi armario.
Igual que la cama hecha.
O la comida preparada.
Estoy exento de tener que aguantar miradas mirándome el paquete mientras alguien se relame y me grita lo que quiere, sin ser yo nada de eso.
Estoy exento de las leyes que se inmiscuyen en mi cuerpo y me impiden decidir si quiero ser padre, o no.
Estoy exento de tener que trabajar más para cobrar lo mismo que mis compañeros.
Estoy exento de que Pérez Reverte me abra la puerta en una librería para luego calificar mis andares.
Estoy exento de que me asesinen por mi condición de hombre.
De que alguien me considere de su propiedad.
Que me posea hasta arrancarme la existencia.
Estoy exento de que me llamen feminazi si reclamo la igualdad.
Estoy exento de depilar mis axilas, mis piernas o mis huevos.
Estoy exento de que mi NO se interprete como un SÍ.
Mi NO es un NO.
Soy hombre y soy un privilegiado.
Y si fuera heterosexual, sería ya el puto amo.
Sería Dios.
Ser hombre es un jodido chollo.
De los grandes.
Nos tocó la lotería, la chochona y el piso en Torrevieja.
Todas estas prerrogativas nos conceden un tiempo precioso.
Un tiempo libre de lucha.
Un desgaste menos de nuestra energía.
¿Y qué haces tú, hombre, con todo ese regalo?
¿Te unes a la oprimida o te rascas los cojones?
Estoy harto de todas esas franquicias de machos abiertas por todos lados.
Incluso en las cabezas de las propias mujeres.
De esa globalización de lo injusto por sistema.
El mundo está lleno de hombres privilegiados que nunca han sido conscientes de su privilegio.
Eso es lo más terrible de todo.
Ser incapaz de salirse de uno mismo.
Para darse cuenta de la desigualdad.
El planeta se divide entre aquellos a los que nunca nada les molestó.
Para los que la vida es un tobogán rápido y limpio.
Y luego estamos el resto.
A las que no nos dejan subir.
O nos quedamos atascados a la mitad y nos señalan y se ríen.
O simplemente se nos rompe.
Y tenemos que seguir con las piernas rotas hasta la meta.
No sé tú.
Pero yo hace tiempo que no contribuyo a la diversión del resto.
O todas divertidas.
O ninguno.
Privilegio, nombre vivo.
La existencia es el único privilegio.
Con el que debemos procurar la igualdad real.
Para todos.
Y para todas.

Escribo para no desvanecerme. Texto de Roy Galán.

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Escribo para no desvanecerme.

Por fidelidad a la luz.

Escribo porque mi perra no puede hablar.

Escribo contra la certeza de la muerte.

Para la incertidumbre del cuerpo.

Escribo desenterrando sílabas de las cunetas de la garganta.

Escribo por no llorar.

Para entender.

Para resquebrajar este espacio y aquel tiempo y colarme por la rendija de lo que no fue.

Escribo palabras que designan cosas que nunca he visto.

Amor. Sí. Canguro. Te quiero.

Escribo para no masticar todo lo que hay dentro de la boca.

Escribo para no escribirte.

Para hacer verdad la realidad.

Escribo de memoria.

El romanticismo es el movimiento artístico europeo del siglo XIX que se caracteriza por el predominio del sentimiento sobre la razón, de lo individual sobre lo colectivo y de la libertad creadora sobre las reglas.

Escribo porque no sé hacer lentejas.

Ni hablar ruso.

Ni decir algo que no siento.

Escribo porque el cine me prometió una vida mejor a lo que la vida al final es.

Porque no puedo ser otro y porque estamos solos.

Por eso.

Escribo.

Texto tomado de la página de Roy Galán 

Lo que voy a hacer contigo – Texto de Roy Galán

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Lo que voy a hacer contigo es algo bueno.

Es lo que hace una buena madre con su hijo.

Es lo que hace un abrazo antes de despegar.

O Carol a una cabeza.

Lo que no voy a hacer contigo es cambiarte.

Tú vas a ser tú, conmigo.

Tú vas a ser tú, sin mí.

Porque lo que me gusta de ti.

Eres tú.

Lo que no voy a ser contigo es celoso.

Porque si te quiero.

Y tú me quieres.

Ya está, ¿no?

Lo que voy a hacer contigo es lo contrario a una canción de Malú.

Ni torbellinos.

Ni rencor.

Ni venganza.

Ni odio.

Solo Ludovico tocando en el Ártico.

Lo que voy a hacer contigo es morderte la soledad.

Agarrarla por el pescuezo como un oso a su cría.

Y apartarla por un rato.

Lo que voy a hacer contigo es ponerte los ojos en blanco con la boca.

Para que te mires todo el espeso interior.

Para que viajes en el tiempo.

Y te reencuentres con el niño que tenía miedo a no ver nunca más a su padre.

Al que se le iluminaba la cara con una película.

El que nunca pronunció la palabra ficción en vano.

Y una vez tengas delante al niño que fuiste.

Le digas, bonito.

Precioso mío.

No sé cómo he podido estar tanto sin visitarte.

He venido a sacarte.

Y a que te mudes conmigo.

Lo que voy a hacer contigo es ponerte los ojos mirando al cielo con las manos.

Y convertir tus pupilas en aviones negros de papel.

Y que suban y suban y vuelvan a subir.

Como los peces negros del río.

Hasta que regresen al lugar de donde vinieron.

Y allí, en el firmamento, lo miren todo y a todos.

Como a un pellejito del labio.

Yo no sé si lo conseguiré.

Porque no soy Harry Potter.

Porque todos nos morimos antes de conseguir las cosas.

Pero yo lo voy intentar.

Voy a llenar tu casa de notas para cuando ya no esté.

Notas debajo del colchón.

Dentro de la nevera.

En bolsas y bolsillos.

Notas como notas de música.

“Me gustaría que siempre fuera miércoles, que siempre fuera aquí.”

Yo no sé qué pasará con el Ártico.

Si el glaciar Wahlenbergbreen se volverá líquido.

Y será imposible ya diferenciarlo del océano.

Lo que sí sé es lo que pasará con nosotros.

Y es algo bueno.

Lo mismo que hace una buena madre con su hijo.

Un abrazo antes de despegar.

 

Texto de la página de Roy Galán 

Dylan, el poeta que hizo tinta del viento. Texto de Roy Galán

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Dylan, el poeta que hizo tinta del viento.

Le han concedido el Premio Nobel de Literatura a Bob Dylan.

Y ha faltado tiempo para que una gran parte de los literatos se lleven las manos a la cabeza acusándolo poco menos de intrusismo profesional.

A él.

Que fue capaz de escribir un verso que decía que el que no está ocupado naciendo, está ocupado muriendo.

A él.

Que cogió y protestó por toda la mierda del Universo.

A él.

Que intentó restituir tantas cosas cercenadas.

Pero se ha topado con la endogamia literaria, con todos esos escritores que dicen qué es literatura y qué no, qué es poesía y qué no.

Obviando lo más básico del arte, el arte como medio para hacer sentir menos solos al resto, el arte como acto reivindicativo, como rebelión ante lo injusto.

Qué pereza producen todos esos escritores que creen que lo que hacen es especial, que su manera de mirar el mundo es única, que son más inteligentes que el resto, más instruidos que el resto, más todo que todo el puto mundo.

Pues no, son la misma mierda y la misma maravilla que todo lo demás.

Que una piedra o que la nebulosa.

A la mayoría de los escritores les molesta la diversión.

Les molesta que puedas escuchar a un poeta como Dylan mientras bebes una cerveza.

Porque la literatura se ha asociado tradicionalmente a algo tortuoso, que requiere de un esfuerzo titánico y que solo algunos elegidos consiguen.

Muchos escritores son opositores de la palabra.

Les jode que la gente las use de una manera distinta.

Como si Dylan fuera peor escritor por no ir en un libro.

La palabras transforman la realidad porque pensamos con ellas.

Hay tantos escritores que la única realidad que tratan de cambiar es la suya propia.

Que la única realidad que les interesa es aquella en la que son halagados.

Obviando lo más básico del talento: que tiene que servir de algo.

Se revuelven en un lodazal de elogios chillando lo bien que escriben.

¿Y qué si escribes bien?

Bob Dylan además de escribir bien nos ha calmado.

Nos ha recorrido por dentro.

Nos ha incomodado.

Y nos ha emocionado.

Acercar la poesía a la vibración musical está solo al alcance de unos pocos.

Ese virtuosismo ya merecía el reconocimiento que ha tenido.

Y el Nobel es solo una forma más de darle las gracias.

A alguien que nos cambió con sus palabras.

Silbadas en el viento.

Susurradas en un paso de peatón.

Escritas en una pared.

O dentro de un libro.

Literatura es toda aquella palabra que nos hizo una promesa.

Que nos hizo comprender que éramos más que cuerpos que morirían.

Que nos hizo mejores.

Y si nunca te ha pasado eso en un concierto.

Mientras miras las caras de esos desconocidos.

Y te reconoces.

Y das las gracias.

Es que nunca has leído.

Esto que es la vida.

Texto de la página de Roy Galán