El mar de Reinaldo. Texto de Roy Galán


 

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El mar de Reinaldo.

Para llegar a una isla es necesario hacer un viaje.

A no ser que hayas nacido en una.

Entonces, el viaje, ha de hacerse si quieres salir de ella.

Reinaldo Arenas sabía de las fronteras de las orillas.

Pero solo hace falta leerlo un poco para saber que también creía que el horizonte iba por dentro.

Reinaldo era un niño que esperaba que la vida, y las gentes que la pueblan, le tratasen bien.

Con esa esperanza tan linda que tienen los poetas y los magos.

De que el mundo tiene que ser de otra manera.

Porque es imposible que todo duela tanto.

Que no haya comprensión.

Reinaldo padeció de esas sensibilidades frágiles como venas de niños recién nacidos que se rompen con facilidad.

Y cuando se te rompen todas las venas, te vuelves hematoma.

Y te miras al espejo y solo ves una gran mancha púrpura.

Cuando no es la herida en el cuerpo, sino el cuerpo toda la herida.

A Reinaldo el confín de su patria le hizo añicos.

Buscó tal vez el afecto en la compulsión sexual.

Imagino su cuerpo pegado al de su madre una noche húmeda.

Le imagino intentando recuperar toda esa ternura en el malecón.

Siendo escupido, robado, apaleado una y otra vez.

Siendo vaciado y llenado como émbolo de carne con fluidos.

Reinaldo buscó el abrazo en las palabras.

Y ni siquiera eso le dejaron.

Porque las gentes que pueblan la vida suelen golpear lo ingenuo para transformarlo en rabia.

Para que un árbol crezca torcido en la Revolución solo hace falta pegarle una patada cuando está creciendo.

Degenerados.

Basura.

Había otras cuestiones más importantes que tratar que la de los maricones.

A ellos les tocaría ser apartados de las raíces.

Encerrados detrás de las vallas con el tronco pintado al fondo.

O lejos con el recuerdo perenne de las hojas.

Reinaldo huyó de la isla como huye un hijo de su padre maltratador.

Exiliado y enfermo.

Reinaldo, transido por la muerte.

Cavando sus frases.

Una a una.

Y sin poder echar tierra por encima.

¿Cómo vivir cuando la prisión es no poder regresar a la celda?

A ese pedazo separado del continente que tanto quiso y que tan espantosamente le trató.

Y es que es terrible amar aquello que te odia.

Es una condena no entender.

No saber.

La duda del desamor.

Reinaldo supo que lo mejor es aquello que dejamos.

Precisamente porque nos marchamos.

Reinaldo soñó con sus cenizas y por eso le prendió fuego a su futuro ingiriendo química.

Y deseó que el polvo de su polvo fuera arrojado al mar.

Para que algún adolescente pudiera zambullirse en él.

Ay, Reinaldo.

Somos tantos y tantas los que nos hemos bañado en ti.

Todo este tiempo desde que ya no estás.

Que rompe una ola.

Ay, Reinaldo.

Si supieras lo que te queremos.

Toda esa marea que nos dejaste.

Llamada libertad.

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