Texto para la alucinante (y necesaria) exposición de pintura Liberté, Egalité, Varieté de Cristóbal Tabares – Roy Galán


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Cuando un cuerpo extraño hiere al molusco éste reacciona abrazando lentamente a la partícula que le ha hecho daño.

La cubre de nácar.

Y la transforma en una perla.

Hay seres a los que el mundo hiere de manera sistemática.

A los que ridiculiza por miedo.

Para poner distancia entre ellos y el resto.

Porque sólo puede señalarse una cosa a la vez.

Y porque tal vez así se libren ellos de ser señalados.

Hay seres que conviven con el daño.

Que se instauran como herederos del dolor.

Y lo transforman.

Haciéndose a la imagen y semejanza del sueño.

Propiciando que la vigilia se convierta en tul para poder tirar de él.

Cuando despierten al mundo.

Y traerse algo de allí.

Algo que no es sino una fotografía tomada de su futuro.

Una transgresión del presente.

Cruzar el umbral de lo establecido.

Para construir algo nuevo.

Una vez la piel blanquecina del niño fue insultada.

Amoratada.

Escupida.

Burlada.

Y cada poro perpetrado por extraños recogió aquello que le era dañino.

Lo recubrió lentamente.

E hizo que de cada poro herido naciera una lentejuela oscura.

Brillante como los ojos de un niño al recibir una muñeca como regalo.

Brillante como la nuca de un chico al ser acariciada por otro chico.

Brillante como las mujeres luchando por su derecho a votar.

Brillante como la fricción de dos coños en una cama.

Brillante como un hombre protegiendo a un toro en una plaza.

Brillante como una madre respetando a su hijo.

Brillante como la piel de Mandela al salir de prisión.

Brillante como un aplauso que no termina.

Hay seres a los que el mundo intenta destruir.

Pero es sólo un intento.

Porque el monstruo es el que intenta derribar al otro.

El monstruo es una corbata donde debería haber un collar.

El monstruo es la cárcel de unos mocasines.

Mirarse al espejo y no ser capaz de conciliar el sueño con la vida.

Creer que es preferible la traición.

A la vergüenza de la libertad.

Hay seres a los que el mundo parece no querer.

Pero la existencia es casi lo único que nos pertenece.

Un tiempo.

Para mostrarnos.

Una única oportunidad para ser.

Para atravesar la realidad de nuestros cuerpos.

Cuando el rostro es una cicatriz.

Un espacio.

Para que se enchinen las lentejuelas oscuras.

Levantar la barbilla.

Y sentir que lo conseguimos.

Sea lo que sea eso.

Conseguimos hacer lo que sentíamos.

Hasta el final.

* Texto para la alucinante (y necesaria) exposición de pintura Liberté, Egalité, Varieté de Cristóbal Tabares en la sala La Recova de Santa Cruz de Tenerife.

 

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